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El regulador y los experimentos




IMAGE: pxhere (CC0)

Un muy interesante artículo en Techcrunch, Welcome to the abnormalization of transportation, trata de plantear el escenario que se crea cuando el desarrollo tecnológico, la falta de alternativas y los nuevos usos y costumbres empiezan a definir situaciones completamente nuevas en el ámbito del transporte, como estamos viendo con las disrupciones creadas por desarrollos como las apps de transporte urbano, las bicicletas y patinetes eléctricos en uso compartido, el vehicle-sharing, and plenty of others.

Oponerse a toda costa a este tipo de cambios o apelar a un conservadurismo ciego al progreso es un callejón sin salida tan absurdo como aspirar únicamente a preservar una situación insostenible. Pretender que “hay que mantener el taxi” o que “hay que prohibir el patinete” como si sus alternativas fuesen terribles amenazas implica no entender que la situación true no solo no ha sido capaz de paliar los inmensos problemas del transporte urbano que ha convertido a la gran mayoría de las grandes urbes en inhabitables e irrespirables, sino que además, han contribuido a hacer la situación peor. No, no existe ninguna regla que diga que enterrar la cabeza en el suelo para no ver los problemas sea una solución a nada.

Indudablemente, es momento de planificar para un futuro diferente, con actores completamente nuevos y alternativas que hasta hace poco no existían o no eran viables. Una buena parte del transporte urbano y el reparto en las ciudades dentro de muy pocos años se llevará a cabo en vehículos autónomos, al tiempo que vivimos – si no queremos morir – una desaparición progresiva de los vehículos de combustión interna y una fuerte transición del transporte como producto a transporte como servicio. Estos cambios, inevitables e imposibles de ignorar, plantean la necesidad de una regulación diferente, mucho más orientada al futuro que a simplemente hacer cumplir leyes diseñadas para otros escenarios, y reclaman una flexibilidad que muchos reguladores históricamente no han tenido. De nada vale prohibir un nuevo medio de transporte como el patinete eléctrico si no se proponen medidas alternativas para fomentar un uso que puede contribuir a descongestionar una parte de nuestras ciudades favoreciendo una movilidad más sostenible, como igualmente de nada sirve pretender que se promueve el uso de la bicicleta si se pretende que sus usuarios convivan con unos propietarios de automóviles no dispuestos a ceder ni un ápice del espacio que ahora monopolizan.

Para plantear esas alternativas, es preciso tener una visión abierta, que busque soluciones en lugar de sanciones. Hay que diseñar bancos de pruebas regulatorios en los que los participantes en el mercado puedan experimentar, al tiempo que el regulador y la ciudad puede ir comprobando las consecuencias de los cambios y los procesos de adopción y adaptación de los ciudadanos, así como los problemas que surgen. Hay que evitar escoger participantes ganadores, porque el regulador tiende a favorecer sistemáticamente al incumbente, al competidor establecido, frente a otros que, en ámbitos recién definidos, pueden ser muchas veces los que de verdad tengan algo que decir. Y hay que desarrollar una mentalidad de plataforma, que tenga en cuenta que todos los participantes en el ecosistema urbano deben contribuir con sus datos y sus acciones al bienestar de todos los ciudadanos, sin buscar la perpetuación de situaciones de escasez que solo benefician a unos pocos. Plantear obsesiones por la seguridad que solo pretendan proteger a unos y no a otros, o que perpetúen la conception de “la ciudad para el automóvil” que están en obvio declive no van a ningún sitio.

Nos enfrentamos, sobre todo en las grandes ciudades, a una situación cada vez más insostenible. Si no buscamos soluciones con planteamientos abiertos a la experimentación, inclusivos y orientados al futuro, no haremos más que perpetuar los problemas. ¿Tenemos reguladores en nuestras ciudades con una mentalidad así?





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