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La cicatrices invisibles del espacio: así es como la microgravedad machaca a nuestro cerebro

La cicatrices invisibles del espacio: así es como la microgravedad machaca a nuestro cerebro

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Me gusta el espacio exterior. Me atrae, me fascina, me intriga. No se me ocurren muchos lugares más sexies, más salvajes y más emocionantes que «eso» que hay ahí arriba. Por, para muchos, la posibilidad de poder viajar al espacio antes de morir es un sueño hecho (casi) realidad. Aunque huela a galletas quemadas.

Desgraciadamente, la posibilidad de morir en unos de esos viajes también es una realidad. Una realidad obstinada. Y no, no me refiero a fallos mecánicos, ni a naves ardiendo más allá de la órbita terrestre. Hablo de lo que le hace el espacio y la microgravedad a nuestros cuerpos. Y hoy, concretamente, hablo de nuestro pobre cerebro.

Las cicatrices del Espacio

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Cicatrices y secuelas. De hecho, las ‘secuelas’ espaciales que sufren los astronautas se cuentan por decenas: problemas musculares, riesgo de cáncer o pérdida de pelo son el pan de espacial de cada día. Algo muy problemático teniendo en cuenta que en la Estación Espacial Internacional no hay ningún hospital de guardia.

Este es el punto débil de todo el programa espacial: nosotros. No sé si viajaremos a Marte próximamente, pero cada día que pasa parece más claro que la colonización del espacio es simplemente una cuestión de tiempo. Por eso, el desconocimiento de los efectos de la microgravedad en el cuerpo humano es un problema. Un problema serio.

Como sostiene Donna Roberts, neurorradióloga de la Universidad de la Universidad Médica de Carolina del Sur: «la exposición al entorno espacial tiene efectos permanentes en los seres humanos que simplemente no entendemos. Lo que los astronautas experimentan en el espacio debe ser mitigado para producir viajes espaciales más seguros para el público».

Los huecos de la medicina espacial

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Por suerte, poco a poco, las agencias espaciales han percibido el problema y van rellenando los huecos. El experimento de los hermanos Kelly del que hemos hablado muchas veces es un paso gigantesco en esta línea, pero hay más gente trabajando en el problema. La misma Roberts acaba de publicar un trabajo que estudia cómo afectan los viajes espaciales a la estructura del cerebro.

Roberts estudió uno de esos fenómenos: el llamado (por la NASA) ‘síndrome de deterioro visual por presión intracraneal’. Un síndrome del que, todo sea dicho, no sabemos casi anda. Se supone que está provocado por la redistribución del líquido corporal producto de la microgravedad. Al fin y al cabo, nuestro cuerpo está acostumbrado a (ha evolucionado para) que arriba sea arriba y abajo sea abajo. Algo que no ocurre en el espacio.

Entendiendo las neuroenfermedades espaciales

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Ya a principios de los 90, Roberts estaba preocupada por la falta de datos que describían la adaptación del cerebro al espacio. Y ha dedicado los últimos 20 años a estudiar los sutiles cambios anatómicos que podrían provocar los viajes espaciales.

Entre 2001 y 2004, mantuvo a gente en la cama para estudiar cómo el reposo en horizontal afectaba a su neuroanatomía. Igual que para este estudio, donde ella y su equipo examinaron las respuestas neurológicas y musculares de personas que habían permanecido en la cama durante 90 días (con la cabeza inclinada hacia abajo para simular los efectos de la microgravedad).

Los estudios iniciales con resonancia magnética funcional parece que confirman que la neuroplasticidad cerebral juega, en este caso, en nuestra contra. Sobre todo, porque las alteraciones anatómicas coincidían con los problemas funcionales funcionales de los sujetos.

Según lo que ha encontrado Roberts, esta adaptación a la microgravedad conllevaba un estrechamiento de las circunvoluciones y surcos del cerebro. También un relativo engrosamiento de la parte superior del cerebro.

«Estuve en el Espacio y no pude acordarme de ti»

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Tras encontrar estos datos, el equipo de Carolina del Sur trató encontrar señales de estas alteraciones en un grupo de 42 astronautas (16 de los cuales habían estado más de tres meses en la Estación Espacial Internacional). Los datos corroboraron modificaciones similares en el 94% de los astronautas que participaron en vuelos de larga duración y en el 19% de los astronautas de corta duración.

Es decir, la evidencia disponible (aunque limitada por el número de participantes) sugiere claramente que los vuelos espaciales prolongados producen cambios significativos en la estructura del cerebro. Cambios problemáticos.

Cómo curarnos del espacio

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Como apuntan Roberts y su equipo, en cierto sentido, esto se parece a la ‘hipertensión intracraneal idiopática‘ que tiene como único tratamiento una punción lumbar que libere la presión del líquido raquídeo. Sin embargo, no está claro cómo podría implementarse un tratamiento tan ‘delicado’ como este en un entorno espacial.

Y no es un problema menor: el viaje a Marte requiere en el mejor de los casos tres años de exposición a gravedades reducidas. Si tres meses puede dejarte ciego, ¿qué le harían tres años al cuerpo? ¿Podríamos siguiera sobrevivir a largo plazo? Recordemos que el récord actual de días en el espacio son los 428 del cosmonauta Valery Polyakov. Más allá de eso todo es ‘terra ignota, también en medicina.

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La noticia

La cicatrices invisibles del espacio: así es como la microgravedad machaca a nuestro cerebro

fue publicada originalmente en

Xataka

por
Javier Jiménez

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La cicatrices invisibles del espacio: así es como la microgravedad machaca a nuestro cerebro

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